Bosque & Playa cerca de Punta del Este, Uruguay.

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Esto es Ocean Park

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Ocean Park es un paraíso de bosque & playa. Un lugar privilegiado que combina serenidad y maravillosas playas enmarcadas en bosques vírgenes, junto al increíble entorno de la barra del arroyo El Potrero.

Está ubicado frente al Aeropuerto Internacional de Punta del Este y a solo 15 minutos del centro de la ciudad.

Ocean Park conserva un armonioso equilibrio entre naturaleza y desarrollo turístico que lo hacen un lugar ideal para quienes quieran invertir en una zona en expansión del Este de Uruguay.

Los esperamos!

Ocean Park: un tesoro bien guardado.

 

Tesoro bien guardado

A 20 minutos de Punta del Este, reúne naturaleza, servicios y precios “razonables”. Quienes llegan hasta allí, siempre vuelven.

DANIELA BLUTH

 

Playa Ocean Park - Punta del Este - Terrenos Uruguay“Shhh! Escuchá…Solo hay silencio. Es impresionante. No hay gritos, acá ni los niños gritan. ¿Y sabés de qué se enamora todo el mundo? Del olor de los eucaliptos, son muy aromáticos. Y si llueve, como estos días, el perfume aumenta”. El entusiasmo es evidente en las palabras de Ana Inés Gomez, habitante permanente de Ocean Park desde hace cinco años. Ana Inés inspira, cierra los ojos, y siente en carne propia. Ese aire, tan limpio y tan especial, la conquistó definitivamente. A ella y a su esposo, Ruben González, quien no dudó en cambiar su vida de “corre y corre” en Montevideo por la tranquilidad perenne de este balneario con poca -pero buena- prensa en el kilómetro 111 de la Ruta Interbalnearia. Juntos, desde hace cinco temporadas llevan adelante el único emprendimiento hotelero del lugar, las Cabañas del Potrero, en honor al arroyo que oficia como límite natural por el Este.

 

A diez años de que el paisaje y el movimiento empezaran a cambiar, en Ocean Park el bajo perfil todavía es ganancia. Allí hay poca cosa: dos supermercados, una farmacia y el parador sobre la playa. En un kilómetro cuadrado de tierra se cuentan unas 400 casas y apenas cien familias viviendo todo el año. Hasta el cartel de madera que da la bienvenida, en una plaza verde al costado de la ruta, desprende modestia. Una imagen que se desdibuja en menos de diez cuadras, con modernas casas de inmensos ventanales que saludan al mar desde la rambla, camionetas 4×4, kayaks y tablas de surf.

 

Ocean Park es un balneario joven. Los lotes se fraccionaron a comienzos de los `60 y al poco tiempo la venta de terrenos se lanzó con bombos y platillos en Buenos Aires. Desde una oficina instalada en la capital porteña, la idea original era crear un country cerrado, toda una novedad para el momento. De hecho, allí radica la principal explicación de su nombre inglés, tan poco usual en la costa uruguaya. Ese espíritu cosmopolita también llegó a sus calles, que fueron bautizadas honrando a los más famosos balnearios internacionales, como Côte d`Azur, Palm Beach y Mar del Plata.

 

Por esos años se construyó el Club House, que servía a modo de promoción y que hoy todavía está de pie, propiedad de uno de los descendientes de esas familias que pusieron la piedra fundamental en el balneario. Pero la iniciativa se diluyó con el tiempo y pese a que la mayoría de los terrenos quedaron en manos de inversores argentinos, solo en contados casos llegaron a construir su casa allí.

 

“Luz, vida, alegría, terrenos quebrados y pintorescos, seleccionadas y costosas arboledas, ensoñadores caminos sinuosos y con hermosas vistas a cada paso, centro comercial sobre la ruta para todo tipo de compras, parador a la entrada del parque, surtidor de nafta, numerosas y tranquilas playas, estacionamiento de autos con un quiosco para alquiler de carpas y expendio de refrescos, agua dulce en el subsuelo entero y a pocos minutos del centro de Punta del Este con sus cines, restaurantes, casinos, boites y boutiques”, se leía en el afiche pintado que bajo el título Esto es “Ocean Park” promocionaba las bondades del lugar. Y si bien pasó más de medio siglo, muchas cosas no han cambiado.

 

“Tranquilidad” es la palabra que más se escucha entre sus habitantes y visitantes. Y la que más se valora. “Acá no hay delincuencia, no tenés el tránsito loco, ganás en la famosa calidad de vida… Acá los chiquilines entran a la playa y dejan la bicicleta tirada en la entrada, eso… podés tener todos los millones del mundo, podés ser Carlos Slim, pero no lo podés hacer en todos lados”, dice Ruben.

 

En la bajada principal a la playa, donde, obviamente, funciona el Parador, hay una colección de chivas tiradas. También algún par de chancletas. Pasando el médano, una vez en la arena y debajo de la rústica construcción que provee de rabas y licuados a los veraneantes, se apilan kayaks, tablas de surf, sillas y sombrillas. “La gente las deja de un día para el otro y no pasa nada”.

 

Eso sucede, en parte, debido al fuerte trabajo de la Asociación de Vecinos de Ocean Park, que funciona desde 1998 y empezó con cinco integrantes y Ruben como presidente; hoy son unos 40. “Hacemos un trabajo muy fuerte de cuidado del lugar, estamos siempre en contacto con la Policía de la zona. La verdad es que tenemos fama de… ¡pesados! Pero si no fuera así, se arruinaría todo”, explica Ana Inés. Allí nadie pisa con fuerza el acelerador y recién este verano aparecieron los primeros cuatriciclos que atraviesan los médanos. La última conquista de la Asociación es haber concretado un sistema de cobertura de emergencia móvil para la zona. Por estos días una empresa privada instalará en la entrada de Ocean Park una oficina y una ambulancia permanente para atender casos también en Sauce de Portezuelo, La Capuera y El Pejerrey.

 

Tierras y clientes.

 

Cuando Jorge Inda llegó a Ocean Park había dos casas, y una estaba abandonada. “Esto era una selva, había que entrar con machete cortando ramas”, recuerda. Corría la década del 80. Radicado en Buenos Aires, una familia argentina le había ofrecido instalarse allí para vender 500 terrenos de su propiedad. Al principio Jorge viajaba una vez por mes, hasta que en 1997 se quedó definitivamente. “Empezamos a trabajar fuerte, me hice mi casa y se fue convirtiendo en lo que es ahora: un lugar muy lindo, muy tranquilo y con todos los servicios”.

 

Hoy, Jorge es propietario de Administración Inda, la inmobiliaria pionera del balneario. Y desde hace 23 años tiene la concesión del Parador, una actividad cansadora pero que le cuesta abandonar. Desde su casa de dos plantas y una vista privilegiada, vio crecer a Ocean Park. Entre risas, recuerda haber vendido algún terreno frente al mar a solo mil dólares. Hoy, esas cifras son impensables. Los precios de los solares arrancan en los 20 mil dólares y pueden superar los cien mil si están en la primera línea sobre la playa.

 

“Ahora ha entrado mucho uruguayo, pero la mayoría de los propietarios siguen siendo argentinos”, dice Jorge. Y enseguida invoca a su primer cliente: el periodista Joaquín Morales Solá. “Sentado en el médano le vendí los dos primeros terrenos. Nunca hizo casa, después los volvió a vender”.

 

El amor por el lugar se difunde, sobre todo, por el boca a boca. “Hace unos años vinieron un grupo de familias argentinas y se instalaron. Después le dijeron a algunos parientes y amigos. Vino gente de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. Se enamoraron del lugar, se compraron terrenos y se están haciendo casas. Eso está pasando mucho”, explica Ruben, también en el rubro inmobiliario. “Y todavía los lotes acá tienen un precio razonable, siendo un lugar bonito, cerca del mar, a 20 minutos de Punta del Este, frente al Aeropuerto de Laguna del Sauce y con todos los servicios”, agrega. “Barato” es un adjetivo relativo, pero cierto si se lo compara con su vecino Chihuahua, el famoso balneario nudista, donde los valores trepan por lo menos cien mil dólares.

 

Ocean Park está dividido en dos por una línea imaginaria que corre de Este a Oeste. Hacia la ruta está la zona más obrera, donde viven comerciantes y gente con oficios que trabaja allí y en los alrededores. Hacia el mar está “el balneario”, donde los habitantes de todo el año son pocos y proliferan las casas de veraneo. Por el fraccionamiento, los terrenos más próximos a la Interbalnearia miden mil metros cuadrados, mientras que los cercanos a la costa tan solo 500.

 

En la última década, el arquitecto Diego Araújo construyó un promedio de dos casas por año, incluida la suya. Llegó en 2001 para hacer el proyecto de un conocido y se quedó. “El precio de los terrenos influyó, pero no fue determinante. Lo que me gustó fue la topografía del lugar, al mismo tiempo poco explorado y cerca de Punta del Este y Piriápolis. Me cerraba todo el paquete”, dice. Así, dejó de lado su sueño de veranear en Rocha para hacerlo en Ocean Park.

 

Aunque el estilo de sus casas es “ecléctico”, tienen en común el hecho de ser construcciones prácticas para pasar los meses de verano. “En general son minimalistas, tienen buenas terminaciones tirando hacia lo rústico y proliferación de espacios abiertos. Además, siempre, grandes ventanales que permitan que el entorno se meta dentro de la casa, o que uno lo pueda vivir”, resume el arquitecto. El metro cuadrado construido ronda los 1.200 dólares.

 

Si bien con la promesa del country privado -allá por los 60-, habían llegado a Ocean Park las calles de balastro, la red de saneamiento y la luz eléctrica, la mayoría de esos servicios colapsaron con el paso de los años y el avance del monte de pinos y eucaliptos. Hoy, llevar la línea de OSE de una toma a 500 metros puede costar unos 4.000 dólares, cifra que encarece cualquier emprendimiento. De todos modos, Ocean sigue siendo un privilegiado frente a Sauce de Portezuelo, con el que limita hacia el Oeste, aún hoy bastante más agreste.

 

Naturaleza pura.

 

La presencia de un canelón, una coronilla y un guazubirá fue decisiva para Doménico Angelucci. Hacía un año que el italiano buscaba, sin éxito, un terreno en Maldonado. Lo encontró en Ocean Park, hace cinco años. Pagó 8.000 dólares por un solar de mil metros cuadrados de tupida vegetación. “El bosque nativo y el guazubirá fueron el pacto de entrada”, comenta. Pasó ocho meses viviendo en una carpa hasta que construyó los cimientos y un techo para lo que más adelante sería su casa de ladrillos de barro. Todo lo hizo con sus manos y la ayuda de sus dos hijos -hoy adolescentes- y amigos.

 

En las paredes hay ventanales fijos con forma de ojos, botellas de colores que componen la figura de un pájaro, algunas piedras “robadas” a la Sierra de las Ánimas, un molde para hacer sombreros pintado de rojo que se convirtió en una gran nariz de payaso y en el vértice que mira hacia la entrada la figura de la Sibila, uno de los personajes femeninos de la mitología griega, que le da nombre al lugar. Alrededor: árboles, arbustos y una huerta orgánica con girasoles incluidos. También hay un horno de barro y un pequeño galpón que hace un par de semanas se convirtió en la cocina donde Doménico prepara platos vegetarianos para todos los que se quieran acercar hasta allí. Su pizza con flores silvestres, muzzarella y aceitunas es una de las más pedidas. Pero también se da maña con las pastas y los postres. “Hasta me tuve que comprar un freezer para mantener los alimentos”, se lamenta con humor. Sin duda, este “libre y humilde artesano”, como él mismo se define, es uno de los personajes más pintorescos del balneario.

 

El resto, suele y prefiere pasar inadvertido, tan fanáticos de OP -como le dicen- como del anonimato. La mayoría disfruta de la playa oceánica con banco de arena para los más chicos y el oleaje necesario para surfear (ver recuadro), aunque los atributos del lugar no se terminan allí. La confluencia del océano Atlántico con el arroyo El Potrero convierte al balneario en un muy buen punto de pesca. “Los lenguados más grandes de mi vida los vi sacar frente al Parador. ¡Lenguados de ocho kilos!”, asegura Jorge Inda. Además, la zona de agua dulce y tranquila (que no es otra cosa que la desembocadura de la Laguna del Sauce) resulta ideal para protegerse los días de más viento y practicar deportes acuáticos, como kitesurf y windsurf. Y para los que no precisan tanto, basta detenerse un minuto y, desde lo alto de los médanos, para disfrutar una de las postales más lindas de la costa de Maldonado. Sobre el extremo Este, la silueta de Casapueblo y el ruido de la península están, literalmente, a la vuelta de la esquina.

 

Sol, olas y buena vibra

 

La bandera verde aparece pocas veces en la playa de Ocean Park. “Se asemeja más a lo que es una playa brava de Punta del Este que a una mansa”, explica Santiago Rivoir, guardavidas en el balneario desde hace ocho veranos. “La playa comienza honda, con una ola orillera, y a unos 15 metros tiene un banco de arena. El peligro es la vuelta del banco, donde puede formarse alguna corriente de retorno”. Sin embargo, en la playa nunca hubo un accidente fatal.

 

De hecho, el público está formado en su mayoría por familias con hijos chicos y adolescentes. Mientras los más pequeños suelen jugar en la orilla, los más grandes se animan a hacer sus primeras armas en el surf. “Al estar alejado de Punta Negra y Punta Ballena, que son las penínsulas que protegen de las corrientes del mar, se puede practicar todos los días”, agrega el guardavidas. Pero más allá de las bondades naturales, a Rivoir también le gusta la esencia del balneario: “Siempre viene la misma gente, generás un vínculo y podés trabajar a largo plazo”. Allí estará, junto a dos compañeros, hasta el 9 de marzo.

 

Colores en el bosque

 

Cinco casas pintadas de colores diferentes en medio del bosque de eucaliptos forman las Cabañas del Potrero, el único hotel de Ocean Park. Abiertas todo el año, se pueden alquilar por un par de días o incluso el mes entero. Cada cabaña está completamente equipada, tiene aire acondicionado, servicio de mucama y una canasta de desayuno que llega a la puerta todas las mañanas. Además de uruguayos, argentinos y brasileños, hasta allí han llegado huéspedes de Rusia, Polonia y Australia.

 

Fuente: Diario El País

http://www.elpais.com.uy/domingo/tesoro-guardado.html

 

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